domingo, 10 de junio de 2018

AEEPD - Miradas llenas de generosidad

Celebrando un cumpleaños muy especial


  La vida tiene estas cosas. De repente, un día recibes un correo por Twitter de alguien a quién conociste en un una reunión del Colegio (no lo recuerdas bien, qué rabia!), proponiéndote algo que, por temor a salir de tu esfera de confort y tu ¿falta de confianza?, de repente se te aparece como la más penosa ascensión al Everest jamás realizada... ¡y sin oxígeno!
   Hay qué ver lo que supone dudar de uno mismo, temer que vuelva a ocurrir lo de Bilbao. Y lo lees uns vez y dos y tres... y pierdes la cuenta, y dudas si contestar, y lo vuelves a leer. Y dejas pasar varios días hasta que tu socias Pk te dice -"tranquilo, dí que sí, que yo no apareceré esta vez"-. Y decides contestar y aceptas. ¿Qué? ¿Subir al Everest a pelo? No, no es para tanto. Te invitan a una fiesta de cumpleaños, a celebrar con ellos que van a cumplir 25 años y de paso conocerte y que cuentes algo sobre aquello con lo que trabajas cada día, sobre los registros enfermeros; que participes en una mesa sobre "Innovación y nuevas tecnologías. Aplicación en la práctica" para celebrar su 25 cumpleaños, el de ellos, los de la Asociación Española de Enfermería de Patología Digestiva (AEEPD) ¡Todo un lujo!

Y así fue como volví a recordar aquellas fiestas de cumpleaños cuando era un niño, compartiendo diversiones comunes, disfrutando de las merendolas, viendo los regalos que se recibían y desvirtualizando y haciendo nuevos amigos. Sí, ha sido una experiencia muy bonita el compartir con vosotros vuestras ilusiones y vuestro entusiasmo. Os agradezco vuestra sincera amistad, en especial a Eva de quién recibí la invitación y a quién agradezco que me diera la oportunidad de conoceros a todos vosotros (enfermeras de St. Pau, del Mar, de Sevilla, de Vic...). Gràcies Eva!

De la fiesta, qué decir: cuatro mesas con verdaderas-os expertas-os (entre las-os que me camuflé) y que no nombro por no copiar entero el programa; comunicaciones orales de verdadero interés; comunicaciones póster con contenido real (no de relleno); una bella inauguración emotiva y una  clausura de traca y muy, muy humanizada; ah!, y las merendolas geniales (aunque me perdí una). ¿Los regalos? La generosidad de todos los presentes. Y todo ello, frente al mar o mejor aún en el Mar.

Pero todo tiene su final. Así que, para el recuerdo, dejo varias imágenes del cumpleaños. No, no he hecho un resumen de las ponencias ni de las comunicaciones. Los que esperabais que las resumiera, lo siento, os emplazo al próximo cumpleaños, el 26, a que los conozcáis, a que compartáis con ellos deseos y conocimientos. No os defraudaran, os lo aseguro.

Dejo, perdonadme por la falta de modestia, mi presentación, pues se lo prometí a Montse (Montse, Eva, AEEPD, podeu fer servir tot el que volgueu, està feta per a vosaltres).












La presentación es más extensa, contiene más vistas que las que expuse allí; la recorté porque no me daba tiempo a exponerla tal y como era. AAdjunto también el texto de la presentación-

PREZI



TEXTO

Cuando hablamos de registrar surge la imagen de una actividad rutinaria, impersonal, un simple acto notarial, la transcripción normativa pero intrascendente de una parte de la práctica enfermera. En definitiva, un registrar instrumental que sólo hace referencia a nuestro ocuparnos de los demás. Y en parte es así.

Pero hay otros actos de la práctica enfermera que precisan otra forma de ver, de mirar, de recepcionar y transmitir su realización: aquella práctica enfermera que tiene que ver, más que con el ocuparse del otro, con un preocuparse por y con el otro; con un actuar personal y cercano, comprensivo y compasivo, que nos involucra y en el que nos dejamos involucrar sabiendo que no saldremos indemnes de ello, un actuar crítico y reflexivo, responsable y veraz, presencial y terapéutico. Aquí, registrar es algo más que un acto reflejo como respuesta; registrar se convierte en un acto de voluntariedad, intencional, en un acto de deseo, de interés, en un registrar expresivo.

Como dice m. Amezcua en un artículo de 1995, "La calidad en la documentación clínica de enfermería", registrar es aquello que "nace con la sana intención de dejar constancia de las cosas importantes". ¡Y qué hay más importante en nuestras actuaciones como enfermeras que el cuidado! Seamos conscientes de ello: registrar es inherente al propio cuidar. No podemos garantizar un cuidar adecuado si obviamos la expresión de ese cuidar, su registro, su escritura.

Documentos, formularios, notas, gráficas, observaciones, check-list... son otros nombres con los que nombramos a nuestros registros. A falta de un nombre adecuado, que sigo buscando, me atrevo a afirmar la existencia de dos grandes grupos de registros a partir de los dos aspectos expuestos anteriormente:

1. Registros normativos. Registros categoriales, enumerativos, catálogos de conceptos predeterminados que en muchos casos responden a necesidades de información de otras disciplinas (Amezcua) e incluso a necesidades institucionales. De algún modo reflejan el conjunto de hábitos, de actitudes, los códigos de una moral de enfermería entendida como disciplina, sus obligaciones y deberes. Constantes, valoración, confirmación de prescripciones, medidas fisiológicas, balance... son algunos ejemplos. En este grupo incluiría también los documentos que utilizamos para la realización de un Plan de Cuidados, creados mediante un lenguaje estandarizado y cuya errónea aplicación favorece el actuar rutinario.

2. Registros éticos. Registros narrativos, expositivos, que visibilizan el resultado de la relación terapéutica y que son fruto del experimentar con el otro, no ya de ponernos en su lugar sino de ponernos junto a él, acompañándole, escuchándole y mostrándole nuestro compromiso. No tienen que ver con el deber sino, como hemos visto, con el deseo, la intención. En este grupo incluyo las observaciones y notas, a pesar de que con el tiempo las hemos degradado a registros de la primera categoría. Y deberíamos incluir algo que, a día de hoy, casi no existe en nuestras historias clínicas: el otro lado de la relación terapéutica, la visión del otro, registros del paciente.

Dice Juan-Carles Mèlich, filósofo contemporáneo catalán que "el lenguaje ético es narrativo: no soporta los conceptos. ¿Por qué en lugar de pasarnos la vida pensando cómo definir no nos dedicamos a escuchar aquello que el otro nos dice?". Y a transcribirlo, añadiría yo.

Repasaré ahora brevemente tres elementos esenciales en todo registro: sus funciones, las normas y estándares a cumplir y las condiciones de posibilidad. Es un tema ya sabido, pero quizás olvidado o subestimado. (Ver Prezi). Y todo esto es aplicable a los dos grupos de registro que hemos visto, a los normativos y a los éticos.



Pero el objetivo de esta mesa es hablar sobre "Innovación y nuevas tecnologías. Aplicación en la práctica".
¿Hay o ha habido innovación en los registros enfermeros? Sin duda la respuesta es afirmativa. La aparición de las Tecnologías de la Información y de la Comunicación (TIC) ha producido un gran cambio en la documentación clínica, en la organización de los datos que contiene y en la accesibilidad a dichos datos. No sólo se han conseguido herramientas que nos permiten recoger de forma sistemática los datos de salud sino que además estas mismas herramientas integran todos los datos obtenidos desde distintos puntos de origen, codificándolos y estructurándolos en bases de datos, de forma que puedan ser posteriormente procesables y recuperables.
  • Historia clínica electrónica compartida
  • Integración de monitores de constantes, de monitores de ventilación mecánica invasiva. Integración de bombas de perfusión, Integración de resultados de pruebas complementarias.
  • Informatización de documentos con firma digital (consentimiento informado, voluntades anticipada...). Lectores de código de barras para la identificación del paciente, para la confirmación de la administración de un fármaco, para el procedimiento y trazabilidad de hemoderivados.
  • Realidad virtual para la formación en cumplimentación de HHCC.
  • Portal del paciente, APPs, Blogs...
Estos son sólo algunos de los ejemplos actuales que ya poseemos en muchos de nuestros centros asistenciales. ¿Qué queda por hacer? Es imposible preverlo. Deseos muchos, entre ellos, conseguir la interoperabilidad entre las distintas aplicaciones informáticas y la creación de sistemas informáticos capaces de procesar el lenguaje natural de nuestos registros, capaces de comprender textos o voz humana (CLN - Comprensión del Lenguaje Natural) y capaces de producir textos o voz en alguna de las lenguas humanas (GLN - Generación de Lenguaje Natrual).
  Pero todos estos avances tecnológicos tienen que ver con la estructura en la que se producen los registros, con su forma de presentación, con el canal de transmisión, en definitiva, con todo aquello estructural y formal y, de alguna forma, externo al mensaje que contiene el registro. Adaptamos nuestros registros a los soportes tecnológicos utilizados dentro de las TIC. Quizás sea este el Talón de Aquiles de nuestros registros, y tal vez su debilidad.



Pero al hablar de innovación en los registros nos olvidamos de la mayor de las innovaciones que es, además, la razón de ser de cualquier registro: el lenguaje. En nuestro caso, el lenguaje escrito, la escritura, innovación que nos remonta a los orígenes del hombre y que, una vez consolidada, ha iso sufriendo distintas transformaciones, la más importante a partir de la aparición de la imprenta en 1450, que propiciará la consolidación del lenguaje escrito, o lo que se denomina cultura escrita, y que irá adaptándose a los cambios sociales. La escritura junto a la oralidad constituirán ambas dos formas de comunicación con dos orígenes distintos, la lengua oral para la comunicación inmediata, cara a cara; la escrita, para la comunicación a través del tiempo y el espacio. Y esta innovación es común a cualquiera de los dos registros que he mencionado, persistiendo y manteniéndose sea cual sea el avance tecnológico del soporte en el que se incluyan. Siempre necesitaremos de la escritura para la existencia de un registro.

En los registros normativos el lenguaje escrito está ya predeterminado, catalogado, circunscrito a unas normas y estándares; en en los registros narrativos donde el lenguaje escrito muestra plenamente sus capacidades, todas sus potencialidades. Recordad que estos registros deben mostrar los efectos de la relación terapéutica como resultado de nuestra voluntariedad de interacción con el otro. Así, escribir será sinónimo de pensar, puesto que escribir sobre el otro es pensar en el otro. Al escribir, generamos ideas en base a la información obtenida desde el pensar en ese otro y desde la perspectiva de ese otro.

Pero ese proceso cognitivo de producción de significados a través de la selección y ordenación de informaciones y de la generación y formulación de ideas que es la escritura debe ir ligado a otro proceso: la lectura. Segunda innovación tecnológica en importancia. Y esta no ha de ser meramente instrumental, lectura como fuente de información sino como fuente de conocimiento, una lectura en la que la información es asimilada, discriminada y procesada para convertirse en conocimiento.
  La lectura también es creativa, un proceso que ayuda al desarrollo de la inteligencia. Leer es interpretar lo que un escrito dice y no dice, lo que muestra y lo que esconde entre sus líneas. Al leer damos existencia al texto escrito, que sin la lectura no es nada. Un registro no sirve para nada si nadie lo lee.
  Lectura y escritura son acciones intrínsecas, cooperativas, se necesitan la una a la otra. Se dan sentido la una a la otra. Registros mal escritos producirán una lectura dificultosa, deficiente, y esta lectura producirá una interpretación también deficiente que nos llevará a un conocimiento erróneo.
  La lectura amplía nuestro pensamiento, modifica la organización de nuestro cerebro, nuestra capacidad de pensar, nuestro conocimiento. Un buen registro permitirá el ejercicio de la lectura crítica entendida como comprensión profunda de la información registrada (interpretar, establecer inferencias, analizar, explicar, evaluar la información), fortaleciendo nuestro pensamiento crítico para la toma de decisiones, para el establecimiento de un juicio clínico.


Con la irrupción de la tecnología se generan cambios profundos en la escritura y la lectura, en nuestras prácticas comunicativas y éstas, en cuanto a construcciones sociales que son, general a su vez cambios en la comunidad en la que están. "Desde los papiros egipcios hasta la actual pantalla electrónica, pasando por los manuscritos del monasterio medieval o las primeras impresiones, todo ha cambiado: los soportes de la escritura, la función de los discursos, el trabajo del autor y del lector o la manera de elaborar el significado", dirá Cassany.
  A partir de estas nuevas prácticas comunicativas evolucionaran también los procesos cognitivos implicados en la escritura y la lectura, conduciendo a "cambios en la cultura y en las formas de pensamiento de las sociedades". Hemos generado también el Neoanalfabetismo (vocabulario reducido, pobre competencia lectora, dificultad de comprensión de un texto...). Como contrapartidda, la tecnología incremente la desigualdad social y conduce, en el campo de la literacidad*, en el campo de la escritura y la lectura, a una nueva forma de colonización cultural; se imponen a una mayoría los contenidos construidos por una minoría.

*Literacidad: conjunto de competencias que hacen hábil a una persona para recibir y analizar información en determinado contexto por medio de la lectura y poder transformarlo en conocimiento posteriormente para ser consignado gracias a la escritura.



¿Es posible afirmar que la escritura es cuidado? Y pos extensión, ¿que los registros son cuidados? Si entendemos cuidado como la suma de dos dimensiones, una instrumental, que tiene que ver con las actividades que realizamos para otra persona, y otra existencial, que hace referencia a la relación entre esas dos personas en la que se da un preocuparse por, un comprometerse con el otro, vemos como esas dos dimensiones se corresponden a los dos tipos de registro que describí al principio: los registros normativos y los registros narrativos o éticos.

¿Podemos decir de estos registros que son cuidados, que reflejan las dos dimensiones del cuidar, la instrumental y la existencial? (ver ejemplos Prezi),

"Poder poner en palabras lo que somos". Esta hermosa frase resume lo que deberían ser nuestros registros_ poder reflejar lo que somos, nuestra especificidad como enfermeras, poder reflejar nuestro cuidar, la expresión escrita de los cuidados enfermeros. Registrar no es más que otro aparecer del cuidad, registrar es hacer visible el cuidado dado al otro.

"No hay mejor espejo que refleje la imagen del hombre que sus palabras ", dirá J. L. Vives.

Y esa imagen del cuidar que representan nuestros registros es la condición necesaria para que un tercero pueda asumir "la responsabilidad del cuidado hacia el otro" (de nuevo, Amezcua), y para, a su vez, transferir nuevamente esa imagen. No una imagen egocéntrica (que olvida al otro, centro real del acto del cuidar) ni una imagen subordinada, despersonalizada y vacía de todo valor propio. Nos mostramos como somos con nuestro lenguaje, sea escrito u oral. No demos la espalda a nuestra esencialidad. Nuestro lenguaje, en este caso nuestro lenguaje escrito, los registros, son la imagen estática de lo que somos como profesionales, nuestro "selfie" documental.

Como me dijo alguien en una conversación por Twitter, 

"el registro es la huella dactilar que nos caracteriza".


Hagamos que nuestras palabras, que nuestros registros, se conviertan en cuidados.


miércoles, 24 de enero de 2018

Wovon man nicht sprechen kann, darüber muss man schweigen

Cuando tenía unos 10 años recuerdo que había, en las atracciones de las ferias de mi ciudad e incluso en el gran Parque de Atracciones de Montjuich de aquel entonces, unas máquinas en las que podías hacer un cuadro de vistosos colores de forma muy fácil. Consistía en una plataforma giratoria sobre la que se depositaba un papel blanco, inmaculado, sobre el que se tiraban pinturas de diversos colores. Dependía de la combinación de colores y de lo rápido o lento que girara la plataforma lo que te hacía conseguir unas obras realmente bonitas. ¡Qué recuerdos!. Aún así, nunca tuve uno de esos cuadros, nunca me dejaron "jugar" a ello, supongo que por el precio de la atracción. Una frustración más.
   
  ¿Por qué de este recuerdo?

[Hago aquí un inciso. Esta entrada la comencé a escribir creo que hace aproximadamente 3 o 4 meses. Y ahí quedó, sin terminar -como tantas otras cosas en mi vida-. Durante este tiempo he pensado mucho en ella, en qué era exactamente lo que quería decir, qué fue lo que me incitó a intentar escribirla... Ya no lo recuerdo. Y de hecho, poco importa. Me pregunto a menudo si es que ha dejado de existir para mí Lo Incomprensible en enfermería, si no hay nada más a explorar. ¿Está todo dicho? ¿No hay ya más zonas oscuras, más abismos por los que es posible caer sin llegar a saber lo qué nos espera el final, caída en ocasiones voluntaria y temeraria? No, no es así. Desgraciadamente nos asaltan de forma periódica las mismas inquietudes, los mismos interrogantes, las mismas contradicciones, las mismas incomprensibles disfunciones de nuestra profesión, oleadas de descrédito que retornan una y otra vez,  como una nauseosa sensación que nos produce... Palabras y hechos que caen en nuestro lienzo giratorio y se esparcen dando lugar a un pastisch centrífugo de múltiples colores...]

24/1/2018

Casi un año desde que empecé esta entrada inacabada. O no. Quizás sea así como deba seguir este apartado de Lo Incomprensible en enfermería (o el blog entero), con silencio, un silencio que lo explica todo, o casi todo. "De lo que no se puede hablar hay que callar" dijo Wittgenstein. Y un poco antes, también dijo "el enigma no existe. Si una pregunta puede siquiera formularse, también puede responderse". Por lo tanto, ¿sigue existiendo Lo Incomprensible en nuestra profesión? es una pregunta que puede y debe responderse, en ocasiones con silencio y en otras con toda la expresividad de las palabras; aún más, con la expresividad de la acción.

  Espero volver a encontrar las palabras que reflejen, o por lo menos lo intenten, la respuesta a Lo Incomprensible, o una reflexión a ello. Sobre las acciones, el tiempo lo dirá. Si ha habido un período de silencio creo que se ha debido a dos factores: 

  • al exceso de palabras del "entorno" que  ha sido tomado como un "todo está ya dicho" y "¿qué demonios puedo aportar yo?" y también
  • al avance de aquél "otro yo" que pugna, cada vez más, por hacerse visible y que esclaviza en el mutismo y el recogimiento  aquél que yo era antes.
Lejos de dar carpetazo a esta "libreta de apuntes", perseguiré de nuevo aquello que hizo que "Impulso Enfermero" surgiera de la nada: la pasión, tardíamente consciente, por enfermería y el amor por la literatura.

domingo, 5 de marzo de 2017

Explorando Lo Incomprensible

Las tres acusaciones


  Nuestra historia se sitúa unos 500 años antes de que Cayo Julio César cruzara el Rubicón,. Hay quien señala esa hazaña y la incertidumbre que vivió César antes de ejecutarla como un fiel reflejo de nuestra situación actual. Pero en ese relato se olvida un detalle y es aquello que motivó que, finalmente, Julio César diera un paso adelante. Leamos las palabras de Suetonio:
" Cuando permanecía vacilando, un prodigio le decidió. Un hombre de talla y hermosura notables, apareció sentado de pronto, a corta distancia de él, tocando la flauta. Además de los pastores, soldados de los puestos inmediatos, y entre ellos trompetas, acudieron a escucharle; arrebatando entonces a uno la trompeta, encaminóse hacia el río, y arrancando vibrantes sonidos del instrumento, llegó a la otra orilla. Entonces César dijo: -Marcharemos a donde nos llaman los signos de los dioses y la iniquidad de los enemigos. Jacta ela est." Suetonio. Los doce césares. Cayo Julio César, cap. XXXII.

  Pensad lo que queráis pero no creo que la vacilación e incertidumbre de las enfermeras, hoy en día, desaparezca por la necesaria presencia de alguien como Julio César cuya acción requiere el empuje de un "prodigio" para así tomar una decisión. Ni Julio César ni un William Wallace. Pero me he desviado de la historia que quería contar, aunque finalmente retomaré este tema (siento el spoiler).



 
Situémonos entonces en el 469 antes de Cristo y en el demos de Alópece, perteneciente a Atenas. Estamos pues en Grecia, en la Grecia clásica y en la época de la Tercera Guerra Médica, momento en el que Temístocles (arconte, gobernante, de Atenas desde el año 493 a. C.) es condenado al ostracismo, al destierro, a pesar de haber vencido a los persas, en el 480 a. C., en la famosa batalla de Salamina. Una Atenas convulsa, en guerra constante, una Atenas que ve peligrar su hegemonía a manos de los persas y que en la segunda mitad de siglo se convertirá en la mejor de las polis, en la ciudad de la unidad y la solidaridad, en la Atenas de Pericles.
 
En ese ambiente convulso aparece nuestro personaje que, según W. Jaeger, "es una de esas figuras imperecederas de la historia que se han convertido en símbolos". Sócrates, de quien sabemos lo que sabemos más por las palabras de otros que por las suyas propias. Hijo de Sofronisco y de Fenareta, picapedrero-escultor el primero y comadrona la segunda, solía ironizar sobre él mismo y sus orígenes diciendo que, "aunque en cierto modo seguia el oficio de su padre escultor, en cuanto formaba hombres, todavía más seguía el oficio de su madre comadrona, en cuanto ayudaba a las mentes a dar a luz sus ocultas ideas, sin poner nada por su parte, sólo ayudando a obrar a la naturaleza". Poco sabemos de él  fuera de lo que nos relata Platón en sus Diálogos y algún que otro autor de la época, y siempre relacionado con su etapa de madurez, cuando tenía ya 50 años. Casado y con tres hijos, no parece que las responsabilidades familiares para con su mujer Xantipa y sus hijos Lamprocles, Sofronisco y Menexeno fueran su fuerte. De vida austera, de presencia desagradable tanto por su desaliño y pobreza en el vestir como por su contrastada fealdad, descuidado en la vida práctica pero disfrutando de la amistad honesta de sus amigos aristócratas, Sócrates se convierte, después de participar como hoplita, soldado de a pie, en tres campañas de las Guerras el Peloponeso, en una figura  de prestigio intelectual en la Atenas  del 429 a. C., tal vez gracias a su heroicidad mostrada al salvar a Alcibíades, discípulo suyo entonces, político influyente años más tarde, de morir en la batalla de Potidea.
 
Demos un salto, un gran salto en el tiempo, y situémonos en el año 399. Sócrates está frente a Menetos, Anitos y Licon y 500 miembros de la heleia, tribunal popular. Se le está juzgando, no por sus inclinaciones políticas, por su vinculación con el régimen aristocrático de los Treinta Tiranos, puesto que se decretó una amnistía política que lo dejó libre de toda culpabilidad; se le acusaba de impío, de negar a los dioses de la polis  y de introducir deidades nuevas y, por tanto,  de corromper a la juventud. Así nos lo cuenta Platón en su "Apología de Sócrates".
 
Y son esas 3 acusaciones  y sus correspondientes refutaciones a través de los argumentos socráticos el nexo de unión con nuestra profesión y, a la vez, lo que nos diferencia con aquella supuesta hazaña de un tal Cayo Julio César.
 
Tal vez sea cierto que hoy enfermería se encuentra ante la disyuntiva de si cruzar sus múltiples rubicones o mantenerse en los límites acomodaticios de lo cotidiano. Pero lejos de necesitar una figura líder, "una enfermera loca y descerebrada", que actúe no por convicción sino por la azarosa presencia de una señal prodigiosa, espolea de decisión, lo que nuestra enfermería necesita es "ser acusada" de los mismos motivos que imputaron a Sócrates y hacer uso de su misma argumentación en su apología-defensa, a saber:
  1. Debemos "ser acusados" de impiedad, de negar nuestros dioses particulares. Debemos romper definitivamente con la instrumentalización de nuestros dioses profesionales con fines políticos o manipuladores, con el clasicismo de los presupuestos fundacionales, con el maniqueísmo corporativista que cierra la puerta a un ver más allá de nuestros propios límites. Alguien dijo que "deberíamos atrevernos a quemar definitivamente a la Florence" y tal vez sea ese el sentido.
  2. Debemos "ser acusados" de corromper a la juventud. Sócrates lejos de ser visto como un conservador, se convirtió en "el líder de los innovadores". Afirmó no tener discípulos ni alumnos, sino compañeros; no se declaró maestro sino transmisor de lo poco que sabía. "Yo nunca he sido maestro de nadie, pero si alguien, joven o anciano, que cuando hablo o ejerzo mi profesión desea escucharme, jamás se lo he impedido", dirá en la Apología. La única corrupción era la incitación a una virtud particular que diera lugar a la areté, a la verdad, una incitación al arte de la crítica social y política que mostrar a la luz la verdad de las cosas. Y esa debe ser también nuestra culpa, la de incitar a la crítica de nuestra profesión para romper los múltiples velos que ocultan la verdad. Una incitación que debemos llevar a cabo en la "juventud". No nos limitemos a enseñarles sin más unas actividades que, lejos de ser propias y autónomas, nos constriñen y ocultan; practiquemos el diálogo socrático, incitemos a que sean ellos los que encuentren las respuestas. No se trata de dar modelos de virtud sino de ayudar a la búsqueda de la virtud, de ayudar a dar a luz, de alumbrar (mayéutica socrática). Y todo ello mediante el diálogo: "Dialéctica es simplemente saber preguntar y responder", Crátilo, de Platón. Dialogar con nuestros compañeros es fundamental en el proceso del conocimiento. No debe existir la imposición sino el desvelamiento de los conocimientos a semejanza de la dialéctica socrática.
  3. Debemos "ser acusados" de introduir nuevas deidades. La nueva deidad socrática era un daimon  personal, su voz interior, su conciencia. Para nosotros nuestra "nueva" deidad (y el entrecomillado no es casual) es nuestra conciencia ética, distinta de los rígidos presupuestos morales. Actuamos siguiendo unos preceptos morales, pero nuestra verdadera esencia es ser éticos, tener una conducta ética, en ocasiones una conducta en contradicción con las reglas morales. Ser éticos no porque cumplimos con nuestro deber sino porque nuestra conducta se adapta a las necesidades, al sufrimiento, de los demás. Otras deidades, impensables en esa Grecia clásica, serán introducidas hoy, y son todas aquellas que tienen que ver con la comunicación y la transmisión de información y de conocimiento. No cabe decir más.


Seamos pues "acusados", seamos socráticos, mayéuticos antes que cesáreos. Ayudemos a dar a la luz antes que a ejercitar la fuerza, antes que a obligar a mostrar. Por unos profesionales socráticos antes que un líder como César.






sábado, 11 de febrero de 2017

El planeta de los seres ejercitantes

La larga espera de la lectura



 
Hay días grises, y no en el cielo, como hoy, días grises que producen en mí la inquietante necesidad de repasar, con la mirada y con el tacto, los libros que, como naipes es su caja, esperan en esas dos insuficientes estanterías a que el azar de mi mano los abra y los comience a escribir con mi lectura. Como hoy. Repaso una y otra vez, lentamente, los títulos y los autores de esos libros que adquirí en la fecha que, tal vez aquél día o días más tarde, anoté en el ex libris. No consta el lugar de dónde provienen, solo mi recuerdo es capaz de decir, de cada uno de ellos, su lugar de origen. La Central, Laie, La Calders, el Mercat de Sant Antoni, Perutxo, Lello & Irmão, són sólo alguno de ellos. Perec, Goethe, Roth, Vila-Matas, Klemperer, Marai... cada uno en su alfabético lugar, esperando en silencio poder hablar.
 
Siempre he tenido la convicción de que, cuando nadie importuna su espera, conversan entre ellos, no ya las obras sino sus hacedores, y que lo que un día leeré al abrir uno de esos libros serán tanto las palabras de su autor como las de aquellos que en orden precedente o posterior lo acompañan. ¿Cómo entender si no que coincidan Kertész y Klemperer, Döblin y Doderer, Piglia y Pitol, Walser y Wassermann? Y aquellos otros como Saramago y Sartre, Fallada y Ferreira, Goethe y Gombrowicz, ¿qué contrapuestas ideas surgirán de sus conversaciones? ¿Llegarán a coincidir? ¿Permutarán ideas, creencias, experiencias? Dudo, cuando abro alguno de esos libros, de que lo que en él está escrito sea lo mismo que contenía la noche antes de iniciar la larga espera de la lectura. Y si lo vuelvo a cerrar sin terminarlo, forzándolo a una segunda espera, quién sabe si más corta o más larga, sigo dudando si se mantendrá inmutable o si un nuevo diálogo entre colindantes lo volverá a modificar. Lo cierto es que eso ocurre ya cuando hacemos una relectura de alguno de los libros leídos con anterioridad, no es el mismo libro, eso que leemos hoy no es lo que leímos ayer, ha cambiado, hemos provocado su cambio, la larga espera de la lectura lo ha cambiado.
 
Són casi 170 los que esperan ser reescritos. ¿Bibliofilia?, tal vez. Pero soy feliz cuando los veo, sabiendo que un día los leeré, los escribiré y, tal vez más adelante, los podré volver a reescribir, descubriendo ideas nuevas de nuevas conversaciones colindantes.
 
Sólo hay uno entre todos ellos del que quizás no llegaré a saber nunca cuál es su contenido, uno solo que se mantendrá ágrafo de mi lectura, uno solo del que temo pasar una sola de sus páginas. Es un bello libro, según dicen, de bello título invariable, Entre los bosques y el agua de Patrick Leigh Fermor. Y su no lectura se la debo a Jacinto Antón, periodista y crítico literario de Babelia - El País, que en el 2007 hizo la siguiente reseña, provocándome la búsqueda incesante e infructuosa de dicha obra:
 
"Paddy Leigh Fermor (1915) emprendió en 1933, siendo aún un arrogante aunque muy leído muchacho, un viaje a pie que había de llevarle a través de Europa hasta Constantinopla. Vio cosas maravillosas y conoció a gente insólita de un mundo que desaparecería poco después en un apocalipsis del que él mismo emergería como héroe. Años después convirtió aquel viaje iniciático en el que descubrió el arte, la vida y el amor en dos libros arrebatadores surgidos de la dorada alquimia del recuerdo y labrados con la prosa de un orfebre de las palabras. Entre los bosques y el agua (Península) es el segundo, el más bello, en el que recorre Hungría y Transilvania, viajando con cíngaros y nobles, pernoctando en castillos y pajares, intimando con campesinos y húsares. Un libro que nadie debería tener la desgracia de morir sin haberlo leído."
 
 
No lo conseguí. Pero sí encontré el primero de los dos libros, El tiempo de los regalos, en la librería anticuaria Brontë de Murcia. ¡Bello, muy bello! Pero aquél segundo libro no aparecía y yo quería tenerlo, ¡no quería tener la desgracia de morir sin haberlo leído!
 
 
 
     
  
     
No fue hasta el 2011 que pude tenerlo y, además, ambas obras en un solo volumen, gracias a la reedición que hizo RBA en su colección Narrativas. ¡Por fin! ¡Lo había conseguido! Ya podía dejar en reposo, largamente, indefinidamente, Entre los bosques y el agua. No, no lo iba a leer, no por ahora, no iba a seguir el consejo de J. Antón. Deseaba tenerlo para que no me ocurriera la predicción del crítico, "morir sin haberlo leído". Pero ¿qué ocurriría si lo hacía, si lo leía? ¿Podría seguir después leyendo y descubriendo nuevas bellezas o, en consecuencia, la literatura no tendría ya nada qué decir y sería indiferente si llegaba la hora de morir?  No, no lo iba a leer, no quería saber antes de tiempo que todo lo otro escrito ya no tendría importancia y que, por lo tanto, podría irme tranquilo. No, iba a dejarlo reposar, a dejarlo conversar con otras obras en la estantería de la espera. ¿Hasta cuándo?, no lo sabía, no lo sabía entonces ni lo sé ahora. ¡Hay tanto por leer aún, tanto por vivir! Pero estoy seguro de que ese momento llegará, tal vez un día como hoy, un día gris, el momento en el que seré consciente de que ya es llegada la hora de abrir las páginas del libro y empezar a escribir la última de las bellezas de este mundo. Hasta entonces, él y yo esperamos.
 
 

lunes, 23 de enero de 2017

Explorando Lo Incomprensible

Ceguera y otros males

  Aproximadamente una vez al mes, me acuerdo de la novela de Jose Saramago "Ensayo sobre la ceguera". Una vez al mes, después de una charla que no dura más allá de 10 minutos, me siento como la protagonista de su novela, esa única persona que aún puede ver. Y durante esos 5 o 10 minutos otra imagen surge en mi subconsciente, siempre coincidiendo con la interrupción de la conversación por alguien que abre la puerta, una imagen que mostraré más adelante y que es consecuencia de ese primer sentimiento, la percepción de que quién me está hablando ha dejado de ver.
 
 
   Lo que ahora diré es algo que siempre, desde que ejerzo esta profesión, me acompaña y que apenas he podido desechar de mi pensamiento, salvo en  contadas ocasiones que se configuran como excepciones que confirman la regla; una idea que me ha conllevado más cuestionamientos que adherencias y que espero que no se vuelva en mi contra nunca.
 
  No llego a comprender cómo en nuestras organizaciones parece que cuando alguien más alto llega mayor es el nivel de ceguera que le sobreviene, de pérdida de visión de la realidad. Y no es que lo vea todo desde otra perspectiva, no, sencillamente lo que ocurre es que deja de ver. O, quizás también, que mira hacia otro lado. Pero no es un girar la cabeza voluntario ni una ceguera fingida, o al menos así lo quiero creer; hay algún componente en esa altitud que convierte la realidad en invisible, que la hace transparente a la mirada elevada, como si desde dicha altura todo disminuyera tanto en tamaño e importancia que dejara de ser perceptible. Tal vez sea la altura misma la que conlleve esta patología y ocurra como en esos documentales en los que se nos muestra la Tierra desde el espacio y no vemos más que paletadas de colores envolviendo una esfera; o como nos ocurre a todos, cuando desde nuestro antropocentrismo prepotente miramos atentamente la Naturaleza y somos incapaces de ver y valorar la vida que en ella discurre.
    Es un mal de altura, un emborrachamiento posicional, una pérdida de visión central y periférica en la que sólo queda la visión de una fina línea, allá en el horizonte, un horizonte que no es más que la línea que separa el campo de visión del elevado frente al resto.
 
 

  Y es que esa ceguera es una ceguera que se contradice con la clarividencia de aquellos que se mantienen en su posición, de aquellos que estan viendo la realidad tal y como es porque la tienen frente a sus ojos; porque para ellos no hay una línea de horizonte pura sino un constante golpear de la mirada en la cruda realidad del día a día. Ellos son los que ven y, en cambio, son los no vistos. Y porque ven pueden decir, poner nombre a eso que ven: inseguridad, escasez de recursos, minusvaloración, sobreactividad, descoordinación, burocratización... desidia. Y sí, levantan la voz para ser oídos en su decir, en su nombrar. Pero, queda tan lejos la posición elevada... que apenas un murmullo llega hasta ahí.
   "Hay que estar aquí arriba para saber qué es lo que se ve, cómo de insoportable es el vértigo que provoca ver lo que está allá abajo y lo difícil que es mantener el equilibrio del conjunto". Sí, es una respuesta que se me podría dar. E insisto, en ocasiones así lo creo; estoy seguro de que provoca vértigo ver lo qué sucede desde allí, que provoca vértigo ver, que es difícil mantener el equilibrio en una tabla en la que las fuerzas balancean constantemente de un lado al otro. Pero, ¿tanto cuesta aceptar que lo que se ve desde allí es lo mismo que todos vemos? Somos tan débiles que, estoy seguro, nos conformaríamos con que ese ver compartido fuera también dicho, nombrado, que fuera participado por todos y así, tal vez, entre todos pudiéramos cambiar el peso de esa realidad. Y lo sabemos, cuando eso ocurre lo sabemos, somos conscientes de ello. No nos importa la altura, nos importa la visión del que allí está; no nos importa si el organigrama es vertical u horizontal, nos importa el campo visual de todos sus integrantes.
 
  Y aquí aparece la segunda imagen, la que me provoca la habitual presencia de otros a medio camino de la cumbre. La imagen la hemos visto multitud de veces: grandes mamíferos con pequeños pájaros sobre ellos, picoteando (no hace falta adjuntar la imagen). Simbiosis o mutualismo, así es como se define y como conviven ambos, en interacción, beneficiándose y mejorando el uno gracias al otro. La imagen es ésta pero con una pequeña diferencia.
 
   Hay una presencia constante de personajes alrededor de quien sustenta la elevación. Suelen ser personajes que han pasado por diversos niveles en ese ascender, niveles de un mismo peldaño que nunca sube ni baja, cual escalera de Escher, y que los mantiene siempre en un constante ir y venir por el rellano.
  Esa ceguera de que he hablado se refuerza o no, mejor, se transforma en una percepción deformada de la realidad como si se sufriera de una coroiditis parasitaria. Parasitaria, esta es la pequeña diferencia.  No sólo la altura produce ese tipo de ceguera paulatina sino que aún viendo, en ocasiones, este ver es un ver distorsionado, una deformación de la realidad fruto de esas presencias constantes parasitarias; parasitarias porque aquí no podemos hablar de mutualismo o simbiosis, no se benefician ambos de esa relación. Aquí sólo hay un beneficiario, el parásito que con su discurso siempre dirigido a afirmar las opiniones del otro, se aferra con esas palabras bien pensadas cual escólex con sus ganchos. Es una falsa veneración que sólo busca el crecimiento propio a costa de aumentar más y más la visión deformada y/o ceguera del parasitado. Ningún beneficio saca éste de la lisonja diaria a que se ve sometido. Porque ¿qué beneficio puede reportar el rodearse de personas así? ¿No es mejor seguir lo que dice el dicho "Un hombre inteligente es aquel que se rodea de gente más inteligente que él"?. Y, claro está, no ve lo que los demás ven, la categoría de los que le rodean. Y aquí otro dicho, esta vez de El Quijote:
"Unos van por el ancho campo de la ambición soberbia, otros por el de la adulación servil y baja, otros por el de la hipocresía engañosa, y algunos por el de la verdadera religión".
 Por favor, abrid bien los ojos, espantad esos pájaros que os ciegan con su picotazos simulando quitaros las legañas, no os dejéis abrumar por sus palabras aduladoras, vuestra posición es la mejor para ver y hay mucho por visualizar. Preguntaros qué beneficios os reportan las sombras que os acompañan y os oscurecen, que son muchas, y a qué tipo de personas pertenecen de las dichas por Don Quijote. Y acompañad vuestra mirada con la mirada de quienes ven la cotidianidad. Son ellos quienes saben a ciencia cierta.
 
 
 
 
 

domingo, 8 de enero de 2017

Explorando Lo Incomprensible 

En busca del término perdido

 
Creo llegada la hora de exponer, de forma más o menos extensa y explícita y a riesgo de ser criticado a partir de este momento, mi punto de vista respecto a propuestas actuales de gran calado en el mundo sanitario, propuestas la mayoría de ellas surgidas bajo el epígrafe humanización

  Es reconocida mi "crítica", blanda crítica, a todo este movimiento, que no lo es tanto por cómo se materializan sus postulados sino por cómo se ha construido todo ese discurso y bajo qué premisas. Intentaré demostrar que se parte de un falso inicio o principio tergiversado que nos conduce, eso sí, a una encomiable pero a la vez hipnotizadora respuesta de provisionalidad.

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  En su última y acertada entrada, Fer nos sugiere con su reflexión el vínculo entre los términos humanización y altruismo y cómo este último se encuentra implícito en aquello que convenimos en llamar vocación. Vayamos por partes y, como siempre, recurramos a las definiciones de los términos (RAE y WordReference):
  • Humanización. "Adquisición de características más humanas y amables". "Acción y efecto de humanizar o humanizarse".
  • Humanizar. "Hacer a algo o a alguien más humano, familiar y afable". "Ablandarse, hacerse más amable y caritativo".
  • Humana/o. "Caritativo, solidario y bondadoso". "Comprensivo, sensible a los infortunios ajenos".
  • Caridad. "Sentimiento que empuja a las personas a la solidaridad con sus semejantes". "Actitud solidaria con el sufrimiento ajeno".
  • Altruismo. "Diligencia en procurar el bien ajeno sin esperar nada a cambio". "Diligencia en procurar el bien ajeno aun a costa del propio".
   Como siempre ocurre al intentar definir un término, en la propia definición surgen nuevos términos que nos conducen a otros y así ad infinitum. Humanización, humana/o, caridad, solidaridad, bondad, comprensión, sentimiento... Cuando decimos pues que "debemos humanizar nuestra sanidad", "humanizar las urgencias", "humanizar las UCIs", "humanizar nuestros entornos hospitalarios", etc., lo que estamos diciendo, a tenor de las definiciones, es que debemos ser más. Pero, ¿más qué? Más caritativos, más solidarios, más bondadosos, más comprensibles, más sensibles... con el otro, con un otro que sufre.
   No es baladí este más; "más" presupone que aquello de lo que se habla ya existe en una cantidad determinada, si aquello es mensurable, y que es susceptible de ser aumentada. Y digo que no es baladí puesto que este es el precepto que no se tiene en cuenta en todo este proyecto H, precepto que se ha visto tergiversado o falseado de forma inconsciente, no me cabe la menor duda,y por supuesto, sin voluntariedad de tal inconsciencia. Nuestra profesión, sea de la rama sanitaria que sea, en mayor o menor medida ya lleva dentro de sí la caridad, la solidaridad, la bondad, la comprensión, el sentimiento... y todo ello porque nuestra razón de ser es el sufrimiento del otro. No tendría sentido, por ejemplo, ser enfermero si dichos valores no se encontraran ya en nosotros; en tal caso, dediquémonos a otra cosa.

  Es por ello que afirmo que estamos ante un falso principio o principio equívoco cuando leemos "Tenemos un Plan. Objetivos: Humanizar los cuidados intensivos(...)". No, no hay que humanizar lo que per se ya es una actividad humanitaria. "La palabra "humano" se ha ido haciendo atronadoramente muda, como la H", oímos. No! En todo caso lo que ha enmudecido es nuestro acercamiento al otro, al paciente; hemos pasado a considerarlo un objeto, algo que está ahí esperando nuestra acción, la acción de un sujeto, ahora sí un nosotros mudo, un "nosotros" con una carencia individual en nuestro haber, la H. Y esta H pasa a convertirse en un prefijo privativo, negativo, el prefijo des-. Somos "nosotros" como individuo, no como profesión, un sujeto des-humanizado en tanto que objetivamos, no en esencia sino en existencia. Esto merece una explicación: nuestra profesión en su esencialidad es eminentemente una profesión humanitaria, con un gran base científica y no ajena a intereses humanísticos (no confundir humanitario con humanístico). Esa es nuestra esencia.
  Nuestra existencia es otra: una existencia marcada por la precariedad y falta de reconocimiento laboral, por el devenir opresivo de una sociedad en claro declive y centrada más en las esperanzas científico-tecnológicas que en aquellos aspectos relacionados con la sociabilidad. Y es en esa tesitura cuando se produce la des-humanización de nuestras acciones y, por extensión de todo aquello que tiene que ver con ellas, el entorno dónde se ejecutan, los valores que reflejan, las terceras personas con las que interactuamos... Des-humanizamos todo aquello que tocamos porque socialmente nos hemos des-humanizado, hemos objetivado todo aquello con lo que interactuamos, ya no somos quién o quiénes sino qués cotidianos, faltos de identidad, homogéneos y estandarizados en conceptos genéricos impersonales.
 
 ¿Y entonces, no es lícito decir que debemos humanizar nuestra profesión, sus actores, su entorno, sus recursos? No. Nuestro deber es RECUPERAR esa característica perdida no en nuestra profesión sino en nosotros mismos, característica que no es otra más que la FILANTROPIA, el amor a la naturaleza humana. Cabría remontarse a la Grecia helenística para encontrar ya este término en relación a la medicina; en "Preceptos", uno de los escritos del Corpus Hipocrático podemos leer:
"Donde hay amor a la humanidad -philanthropia- también hay amor a la ciencia -philotekhnie"
  Y de eso es de lo que carecemos hoy a nivel individual, de la suficiente filantropía que hace que amemos nuestra profesión. Y digo filantropía en ese sentido girigo de amor desinteresado por el prójimo, de ese dar sin esperar nada a cambio lejos del sentido contemporáneo de ofrecimiento económico desinteresado dado desde una posición elevada socialmente. No, la philanthropia giriega no es la dádiva del poderoso para con los otros. La philanthropia griega, tal y como yo la entiendo y deseo ver de nuevo en nuestra profesión, es ese amor al hombre, amor a la naturaleza humana, que no es más que el reflejo de la amistad -philia-, un amor a la perfección de la naturaleza humana en su individualidad. Como dirá Laín Entralgo en su "La medicina hipocrática"
 
"En el amigo se ama la naturaleza humana, y en ésta la physis universal, la naturaleza in genere. En su último fondo, un acto de amistad sería un acto de amorosa pleitesía a la divina physis".
  Sólo así puede ser entendida y aceptada nuestra profesión, desde el amor/amistad por el otro.
No a la expresión tautológica "Humanización de la ciencia médica".
Sí por un "retorno filantrópico de nuestra profesión"
 
  A falta de encontrar un término único que englobe en sí este concepto de "retorno filantrópico" propongo que hablemos de "Normalizar la ciencia médica", "Normalizar los cuidados intensivos", "Normalizar las urgencias", etc, en el sentido de enderezar, de encauzar, de volver a un estado original perdido por confusas y opacas individualidades.
 
 
Nota final.
Leo, "No lo llames Humanización... llámalo Responsabilidad". Sí, también. Esa filantropía hacia la naturaleza humana, esa filantropía puesta en todos y cada uno de los cuidados que prestamos al otro es lo que llamamos "responsabilidad". Responsabilidad es hacer hoy de nuestra ciencia lo que nunca debió olvidarse de ser, no humanizarla sino hacerla más humana, superponer esa filantropía original a la misantropía contemporánea de ciertas individualidades.

 
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domingo, 23 de octubre de 2016

Explorando Lo Incomprensible

Olvidar las palabras para volver a hablar.

 

Ha sido necesario que pasaran unos meses para poder volver a escribir, algo. Cada vez se amplía más el espacio temporal entre una entrada y otra. ¿No hay nada más por Explorar? ¿Se ha agotado Lo Incomprenisble? Con certeza, no. Sigue habiendo zonas oscuras y luces cegadoras que esconden, ambas, Lo Incomprensible, aquello que nos exige seguir explorando, pues sólo en el extrañamiento de lo dado encontraremos la distancia suficiente para ver claro. Entonces, ¿por qué hasta ahora y por qué ahora?

Pocas veces me ocurre que algo o alguien, una música, un escrito, cuatro palabras con un desconocido, sea capaz de zarandearme y de situarme como en la canción del Poeta, "chupando un palo, sentado sobre una calabaza", presuntuoso como soy, yo, que me creía poseedor de una fiirmeza de espíritu inalterable. Un sentimiento en cuatro acordes bien armonizados, una verdad escondida en veinte palabras, una mirada... ¡esa mirada!, son capaces de situarme en los márgenes de la realidad para hacerme ver, fugazmente, su verdadero rostro. Estamos inmersos en lo cotidiano, rodeados de lo estereotipado, de lo estandarizado, monopolizados por las promesas del futuro y, en ocasiones, empujados al descrédito del pasado, subyugados por la imaginería de lo presente ¡tanto! que creemos que es la única realidad. Extrañamiento, esa es la actitud de mi espíritu cuando "despierta" zarandeado por una brizna de auténtica reallidad. Extrañamiento que seguramente emerge como resultado del recuerdo de mi formación filosófica, posterior a la sanitaria, y que puede ser definido como "pensar". 

Y eso es lo que me ha sucedido al iniciar la lectura (recordad: este blog intentaba hablar de enfermería con unas briznas de literatura), al iniciar, decía, la lectura de un libro que te coloca en esos vértices limítrofes de lo circundante, el libro "Fora de classe. Textos de filosofía de guerrilla" de Marina Garcés, Ed. Arcàdia. (Creo que no hay traducción, pero en la misma línea y de la misma autora, podéis recurrir a "Filosofía inacabada", en Galaxia Gutenberg). Sin ánimos de intentar hacer una recensión de dicha obra, sus ideas se perfilarán en esta entrada con el significado que tienen para mí de "despertar", despertar en el triple sentido de "desvelamiento", "evocación" y  "excitación"; ideas que, con su acción de estímulo del pensamiento narcotizado, lejos de provocar el cuestionamiento, en una mezcla mareante, de las (pseudo)-realidades previamente aceptadas, incorporadas y sedimentadas en nuestro trayecto vital, resitúan en su lugar cada una de esas (pseudo)-verdades,  abriéndonos caminos que parecían inexistentes hasta entonces. 

Pensar es despertar, desvelar aquello que está oculto, evocar algo ya olvidado y hacerlo presente, excitar lo dormido. Pensar es desear, actuar. Pensamos porque queremos, porque nos apetece -dirá Lyotard-, porque la apetencia es buscar en el otro lo que nos falta a nosotros mismos, lo que está ausente y a la vez presente en nosotros mismos. No podemos desear si no conocemos aquello deseado; en este sentido está presente en nosotros lo que deseamos, una presencia ausente. Y la manera que tenemos de conocerla sólo puede ser a través del lenguaje. Por tanto, "pensar es desear" se transforma en "pensar es lenguaje". Pensar es hablar desde un interior. Nuestro pensamiento está formado de palabras, sólo somos capaces de pensar en aquello que tiene nombre. No hay pensamiento antes del lenguaje; justamente porque tenemos un lenguaje podemos pensar. Y por lo tanto, aquello que es lo es porque tiene nombre. Wittgenstein dirá que "no podemos decir lo que no podemos pensar" y, así, "de lo que no podemos hablar hay que callar". (Tractatus Logico-Philosophicus)

Pensar enfermería. Despertar enfermería, desvelarla, evocarla, excitarla. Desear enfermería. Enfermería como deseo. Enfermería como desvelamiento, evocación, excitación. Acción enfermera. Pensamiento enfermero ¿Cómo? ¿Qué palabras utilizar? ¿Podemos poner nombres a nuestras acciones, podemos pensarla? ¿O por el contrario debemos callar puesto que es un absoluto y, como tal, no podemos hablar de ella? ¿Enfermería es o lo que es son las enfermeras como agentes, como actores?
  
Pensar enfermería o mejor aún repensar enfermería, repensarnos como enfermeras. Y como todo pensamiento es lenguaje, palabras, deberíamos olvidar aquellas palabras que nos fijan a un concepto dado, que nos encierran en una visión determinada como única realidad, que nos predeterminan, que nos proyectan y a la vez nos encierran en estereotipos. Olvidar aquellas palabras que pretenden revelar la esencia de la Enfermería con mayúsculas; nombrar implica objetivar, crear un objeto; una enfermera es, Enfermería como absoluto no puede ser pensada, no puede ser nombrada, no puede ser. Se es enfermera. 

Zhuang Zi: "Busco un hombre que haya olvidado las palabras para poder hablar con él".

 Esta cita en el libro de Marina Garcés deberíamos aplicarla a nuestra búsqueda de sentido como enfermeras. Olvidemos las palabras que nos han de-limitado y comencemos de nuevo hablar de nosotras mismas. Como Caitlin:

                                                                    "I just a nurse"